El desgaste del Estado

Debo decir que, en más de cuarenta años contemplando lo más de cerca posible lo que ocurre en la política española, pocas veces me he asomado a un tal desgaste del Estado como el que ahora estamos contemplando. Que a Bruselas vayan unos Presupuestos que no han sido aprobados por el Parlamento, elaborados por un Gobierno que tampoco y negociados por alguien que, por muy vicepresidente ‘in pectore’ que se sienta, ni siquiera es miembro del Ejecutivo, es un panorama que, visto desde el puente de observación, parece cuando menos surrealista. Como lo es que el aliado principal del Gobierno, al día siguiente de la celebración de la fiesta nacional presidida por el Rey, ataque sin mesura a la Monarquía, que en teoría el presidente de ese Gobierno, que ha prometido la Constitución con el cargo, debe defender.

Conste que respaldo ante todo el derecho de cualquiera a defender la Republica y a criticar a la Monarquía. Faltaría más que, en esta España involucionada, también empezase a restringirse la libertad de expresión. Pero, simplemente, no me parece coherente que lo que uno ha de defender, otro, en teoría su aliado en el Gobierno, lo ataque. Que las cuentas del Reino –ya sé que al ‘vice in pectore’ esta terminología no le gusta, qué le vamos a hacer—las negocie en la cárcel, con un preso encerrado por presunto golpismo, ese mismo co-gobernante, que ha hecho colgar, junto a los papeles oficiales del Gobierno, el membrete de su coalición, tampoco se entiende fácilmente.

Y conste que, entre las incongruencias a las estamos sometidos, incluyo esa prisión provisional larguísima que se impone a los políticos catalanes que, nos guste o no, representan la opinión de casi la mitad de Cataluña y son, ya se ve, los únicos que podrían negociar un cierto sosiego con el Gobierno central. No quiero, insisto, decir que el golpista no deba ser sancionado; pero usted y yo sabemos que, si los lazos amarillos no desaparecen de escena, jamás se normalizarán ni las relaciones de Cataluña con el resto de España ni, en general, la política española. Así que a ver qué hacemos.

Ocurre que lo que no se entiende, lo que se explica mal, lo que se asienta en anomalías que poco tienen que ver con el respeto a las funciones de los tres poderes de una democracia, suele acabar en desastre. Que es lo que yo de ninguna manera quiero para mi país. Defendí, en la medida en la que para algo valga, allá donde pude, la moción de censura contra un Gobierno, el de Rajoy, que a mi juicio caminaba el mal camino –si es que caminaba en absoluto–. No puedo sentirme cómodo, sin embargo, viendo cómo alguien que, dicen las encuestas, es el político más impopular de España, se jacta no solo de tener a un Gobierno en sus manos, sino incluso de ser ‘él’ quien impulsa las medidas electoralmente más atractivas, como esa mínima subida del salario mínimo, valga la redundancia, que ya era, en un país como el nuestro, inaplazable. Como hay que reconocer que también lo eran otras propuestas de eso que dieron en llamar proyecto de Presupuestos y se trataba, en realidad, nueva incongruencia, de un programa de gobierno de coalición PSOE-Podemos.

Creo que la deriva del Gobierno español actual se comprende poco fuera de nuestras fronteras (y dentro, me temo), como me consta que se comprende poco todo lo que rodea al demencial ‘procés’ catalán. Un país en el que el Ejecutivo vive unas horas de tensión interna como las que sospechamos, en el que el Legislativo anda como desnortado, en el que el Judicial está claramente sobredimensionado en sus facultades, en el que la sociedad civil casi brilla por su ausencia, es, por definición, un Estado que se debilita, por muy bien que le vayan las cosas económicamente, que no sé si tampoco es el caso.

No, no son ‘traidores’ quienes –creo que equivocándose—denuncian en Bruselas los Presupuestos allí enviados para su ‘aprobación’; ni es ‘deslealtad’ atacar la forma del Estado y a quien la encarna. Son, apenas, errores, de mayor o menor gravedad cuando está cayendo la que está cayendo. Pero la impresión es que algunos están en un proceso de apropiación del Estado, alejando de sí cuanto pueden las elecciones generales, y eso hace que ese Estado cada día vaya debilitándose más, a base de ‘vitaminas’ como alianzas de gobierno imposibles, programas irrealizables, falta total de transparencia y, bien que siento decirlo, ocasionalmente cara dura, mucha cara dura.

fjauregui@educa2020.es

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