La que nos viene encima en 2018


—–
((¿2018, año de Rajoy? Sin duda, para bien y/o para mal, va a protagonizar muchas cosas. Se sorprenderá hasta él mismo, claro))
—-

¿Tiene Mariano Rajoy que ser sustituido al frente del Ejecutivo y del PP? Incluso en su propio partido, donde sigue primando la admiración y el respeto por el líder, se encuentran ya algunas respuestas contradictorias. No diría yo que el relevo de Rajoy, tan cacareado tantas veces desde tantos sitios y nunca consumado, vaya a ser cosa inmediata, desde luego. Pero sí digo, con bastante rotundidad, que algo, mucho, se va a mover dentro de los partidos en general, y del gobernante Popular en particular, en los meses venideros. 2018 será el año de las profundas transformaciones en la organización y hasta en la propia concepción de las formaciones políticas españolas, tan perezosas a la hora de la movilización. Y no sé si los actuales dirigentes, desde Rajoy hasta Pablo Iglesias, están preparados para lo que llega, les guste o no les guste.

En su primera aparición pública, con tres días de retraso, tras aquel absurdo amago de referéndum catalán del 9 de noviembre de 2014, lo más genial que se le ocurrió decir a Rajoy fue que ‘solamente’ habían acudido a votar dos millones doscientos mil catalanes, y que los otros, la mayoría, se habían quedado en casa. Como si la ‘mayoría silenciosa’ fuese suya, de Rajoy. Claro, con esta actitud, tan pasiva, no resulta extraño lo ocurrido el pasado 21 de diciembre, que culminaba dos años de desastres políticos desde las elecciones del 20 de diciembre de 2015 y al menos cinco años de mirar hacia otro lado cuando de buscar soluciones para Cataluña se trataba.

Por cierto, la misma pasividad tranquila, flemática, fue la tónica que pudo percibirse en el discurso del presidente del Gobierno central cuando el pasado viernes, al día siguiente de las aún tan recientes elecciones en Cataluña, quiso dar la impresión de que nada había sucedido: él sigue adelante, imperturbable, convencido de que agotará la Legislatura, allá por junio de 2020, porque tan mal no lo ha hecho, según sus propias palabras. Y quizá hasta se presente a la reelección.

Bueno, será probablemente su ‘socio’ y opositor Ciudadanos quien decida en realidad la fecha de disolución de las cámaras legislativas; veremos cómo les van a cada uno de ellos, y a los socialistas y a Podemos, los preparativos para las elecciones municipales y autonómicas, aún distantes, pero ya tan presentes en los preparativos de los ‘estados mayores’ de los partidos. Que ellos no olvidan su propio futuro, que les absorbe mucho más tiempo que el futuro colectivo de la ciudadanía. Porque atención a Albert Rivera, que no dejará pasar la oportunidad abierta con el arrollador triunfo de su correligionaria Arrimadas para hacerse un lugar de privilegio en la política española. Sabe esperar y puede permitírselo. Quizá su espera esté llegando a su fin, piensan algunos en Ciudadanos.

Pero no conviene achacar a Rajoy, o a su vicepresidenta –creo que la ‘Operación Diálogo’ fracasó, sí, pero no por culpa de ella, precisamente–, todas las culpas de que estemos concluyendo 2017 como lo estamos haciendo. Sorprende que ninguno de los dirigentes políticos del momento, ni sus segundos escalones, hayan entrado en la polémica sobre qué hacer con los encarcelados del antiguo Govern catalán. Ni cómo se les puede o no, de acuerdo con las leyes, acoger en sus nuevas/viejas funciones, que aspirarán a recuperar tras su victoria electoral. Hay toda una considerable controversia jurídica semi subterránea en torno a si Puigdemont, Junqueras y demás podrán o no ocupar la presidencia de la Generalitat y las consellerías de las que fueron desalojados a finales de octubre, apenas dos meses ha.

La política, al parecer, no tiene ni opinión al respecto, ni tampoco un ‘Plan B’ para el caso, posible, de catástrofe. Todo se remite al juez del Supremo, Pablo Llarena, como única y última instancia que decidirá sobre la libertad o no de los hoy encarcelados y de quien lo será cuando regrese a España: menuda responsabilidad en manos de una sola persona, de la que poco, en realidad, se conoce, excepto su obsesión por mantener su privacidad y su independencia. Desde los primeros días del año que se nos echa encima, este magistrado va a ocupar, seguramente muy a su pesar, los titulares de todos los periódicos: de él va a depender nada menos el que, por ejemplo, Puigdemont (o Junqueras) puedan o no, en su caso, ocupar la presidencia de la Generalitat, y en qué condiciones podrían ocuparla; tendrán sin duda los líderes del malhadado ‘procés’ que negociar una marcha atrás. ¿Sabrán hacerlo?¿Podrán?

Nunca juez alguno se ha enfrentado a coyuntura como la presente, ni tampoco la doctrina jurídica es del todo pacífica respecto a lo que se pueda o no hacer. Si uno tuviese que apostar, apostaría por que el juez tratará de contribuir a la normalización de la vida política en Cataluña , por tanto en España, haciendo valer que más pesa la representación de los ciudadanos ganada en las urnas que la prisión provisional. Pero ya veremos: ya digo que la gran movida, como si no hubiésemos tenido bastante, comienza ahora. Otra vez, qué pereza.

fjauregui@educa2020.es

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *