Los periodistas de verdad, a menos que una enfermedad irremediable los mande a la cuneta, mueren con las botas puestas, el ordenador encendido y el servicio de alerta de noticias funcionando. Así ocurrió con Raúl del Pazo, con Fernando Onega, con Fernando Reinlein o con Gregorio Morán, por citar a los últimos caídos. A uno le quedan pocos motivos de orgullo, pero uno de ellos es haber sido amigo de estos tipos irreductibles, extraños en sus islotes, que tanto hicieron por la democracia en España, cada cual a su manera.
Sí, yo soy un periodista de la Transición, como ellos, pero no tan bueno como ellos, y por eso los miré siempre con un punto de envidia (creo que sana) y con un deseo de superarlos en sus respectivas gestas. Con Onega me confundieron a veces gentes despistadas a las que basta un pelo canoso y unas gafas, junto con un mismo nombre de pila, para equipararnos a todos. Con el militar Reinlein conspiré en mis tiempos guerreros, creyendo que con la pluma se pueden desactivas espadas (y se puede). A Raúl lo metí, allá por 1974, en el muy clandestino Partido Comunista, para disgusto de Carrillo, que pensaba que “el periodista este que traes es un poco jaranero”. “Como Paco Rabal y Luis miguel Dominguín, Santiago; al Partido le hacen falta gentes así”, le hice llegar.
Luego, Carrillo hizo a Raúl director de Mundo Obrero, no mucho antes de que Raúl, yo y el propio Santiago abandonásemos las filas ordenadas del comunismo ortodoxo. Con Morán, un carácter difícil, coincidí un tiempo en el PCE, pero jamás compartimos vida orgánica: era un tipo que hacía la guerra por su cuenta; pero la hacía, y se la jugó, como todos los demás a los que cito, incluyendo a Onega. Se la jugaron bastante y bastantes veces, que, lo digo para que quienes desconocieron aquella pesadilla tomen nota, con el franquismo se vivía mucho peor que ahora. Y no crea usted que estoy citando solamente a mis amigos de la izquierda, porque también podría traer aquí, entre los muy recientemente fallecidos, por ejemplo a Alfonso Ussía, un prodigio del humor, ‘rara avis’ en una derecha a la que no le gustan ‘las risitas’.
La tristeza por tantos amigos perdidos –podría citar aquí también a Pedro Vega, a Fernando Pajares, a muchos que parecen afectados por una especie de epidemia que selecciona a los mejores—no puede hacernos olvidar, por supuesto, el aplauso a los vivos que mantienen viva la antorcha. No son muchos, ciertamente, pero nunca debemos dejar de apoyar a esos compañeros heroicos que investigan lo que algunos poderosos no quieren que se investigue y menos aún que se publique. Cierto: el periodismo, y más cuando han muerto los que han muerto, vive horas bajas. El hombre más poderosos del mundo, y algunos que no lo son tanto, pero tienen las armas suficientes, la tienen tomada con la información. Y con la verdad. Y con el sentimiento de humanidad. Y, quitando a ese puñado de periodistas de investigación valientes, que hacen lo que pueden, no sabemos contrarrestarlos.
Ellos, los que se han ido, se pierden la batalla inmensa que viene, que será la del bien contra el mal. Nos hacían mucha falta para deslindar terrenos entre estas dos Españas irreconciliables, que ni siquiera cuando se trata de elegir entre Guatemala y Guatepeor se ponen de acuerdo. A los periodistas nos gustan las noticias fuertes, y aquí las tenemos a docenas. Pero a todos, los que han muerto y los que seguimos vivos, nos duele, como a Unamuno, España. O mejor, nos duelen las Españas estas hostiles y cazurras que estamos fabricando con la inestimable ayuda de quienes dicen representarnos y cobran por ello. Lo que os vais a perder, Raúl, Fernandos, Gregorio, Pedro, periodistas de raza. Os vamos a echar mucho de menos cuando nos toque a nosotros, desdé la primera fila, narrar, sin duda peor que vosotros, este mundo crecientemente desquiciado.
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