Una (mala) experiencia andaluza

Ando estos días trabajando en una investigación periodística (y científica) sobre tema educativo. Es, sin duda, el mayor reportaje que he acometido en mi vida, el mejor intencionado, y en el que llevo ya cuatro meses afanándome. En mis pesquisas me ayudan desde el Ministerio de Educación hasta autoridades autonómicas y municipales en la materia, de todo pelaje político y de toda España, pasando por responsables de institutos públicos y colegios privados y concertados.

Hasta que llegué a Andalucía. Y me veo forzado a contar mi experiencia del pasado viernes por la mañana, sin ánimo de polemizar ni de politizar, para lo que sirva.

Ante la inutilidad de mis requerimientos a la Consejería de Educación de la Junta, donde me transferían de una persona a otra sin obtener los más mínimos resultados, decidí ir de Ayuntamiento en Ayuntamiento por las principales ciudades, comenzando por Huelva, Cádiz y Jaén, en busca de manos caritativas oficiales que colaborasen conmigo a la hora de contactar con centros lectivos locales.

Durante algo más de tres horas, de diez a trece, traté de contactar con los responsables educativos en los ayuntamientos de Vejer, Algeciras, Jaén, Huelva, Baeza, Linares, La Carolina, Ubeda, Cazorla, Jerez, Puerto de Santa María, La Línea, Antequera, Tarifa y Ayamonte. En ninguno de estos municipios respondían, o el marcador indicado en el contestador te llevaba a ninguna parte, o la secretaria de turno estaba –dijeron palmariamente—desayunando (a las once am) o, cuando no desayunaba, te respondía que debías solicitar cita previa con la señora concejala, y no en viernes, faltaría más. Solamente el loable caso de Ayamonte constituyó la excepción: la concejala Gema Martín respondía poco después a mi llamada, diciendo que era “su obligación” atender a las pesquisas periodísticas, cosa con la que no puedo estar más de acuerdo. Ya por la noche, y tras expresar en una radio mi desconcierto por lo vivido, me llamó también la alcaldesa de Jerez de la Frontera. Y punto.

Claro que, como digo, no quiero politizar este caso, ni tampoco el de Murcia. Y no estoy diciendo que las instancias oficiales en la Andalucía de Susana Díaz no funcionen, que obviamente ostentan un funcionamiento mejorable, sobre todo, parece, los viernes –intente usted, periodista independiente y no andaluz, hablar con los portavoces de la Junta, cualquier día de la semana, y luego cuénteme–; la verdad es que Junta, Ayuntamientos y otras muchas instancias parecen más instaladas en la feria que en la faena desde mucho antes de que la señora Díaz llegase al palacio de San Telmo. Quizá demasiados años de rutina y de dominio del cortijo. Y eso que, afirmo ahora que ya se ha convocado la fecha para las primarias del PSOE, personalmente prefiero una victoria de la señora Díaz a la de Pedro Sánchez, ya mentado antes.

Trato, apenas, de ejercer mi deber crítico para con lo que entiendo, con mi experiencia laboral, que marcha mal. Lo que estoy diciendo, sin tapujos, es que este país no funciona en determinados ámbitos, y este déficit, que obviamente no se circunscribe a esa Andalucía que hoy me sirve como ejemplo, ha de corregirse con el mismo afán con el que, a mi entender, ha de emprenderse la reforma legal en tantas cosas y la constitucional en algunos, puntuales pero muy importantes, temas.

Convendría aplicarse a lo sustancial y levantar el andamiaje de un proyecto de país –que pasa, claro, porque los contestadores telefónicos de los ayuntamientos tengan un oído solícito al otro lado—, que es algo que, por el momento, como decía Joan Maragall ya en 1902, sigue, ay, sin existir. Como ya reprochan, sin pararse a mirar la viga en el ojo propio, esos viajeros al absurdo de una sala mediana en Harvard, los puigdemont de turno, que presumen de que entre sus interlocutores estadounidenses figuraba aquel ex asesor del ex Clinton que inventó la frase, tan tonta, insultante, repetida y manoseada luego, “es la economía, estúpido”.

Pues eso: “son las cosas de comer, estúpidos”. No nos equivoquemos entre marcianos y murcianos, entre Siria y Soria, entre ‘susanos’ y gusanos, entre maduros y verdes –perdón, morados–. Porque, a este paso, no sé a dónde iremos a parar, si a Puerto Lumbreras o a Puerto de Santa María, donde quien te responde, cuando te responde, en el teléfono municipal, hasta equivoca el nombre de los concejales. Menudo lío, que diría Rajoy.

fjauregui@educa2020.es

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