Feliz aniversario, presidente

Los aniversarios sirven para reflexionar sobre lo vivido. Y lo que ha pasado en este país nuestro en los ocho años que se cumplen este 1 de junio desde que Pedro Sánchez ganó su moción de censura contra Mariano Rajoy y se convirtió en presidente del Gobierno de España dan para mucha reflexión, la verdad. Tanta, que hoy todas las opciones están abiertas ante un Sánchez absolutamente dispuesto, da la impresión –con él nunca se sabe del todo–, a agotar la Legislatura, sobrevolando momentos de angustia entre los suyos. Momentos tremendos como los que se acumulan ante este mes de junio.

No, no va a bastar la venida benéfica de todo un Papa, ni el comienzo del mundial de fútbol, ni la llegada del verano redentor. Todo un panorama ennegrecido nubla el horizonte del Gobierno que se ha convertido, con el de Croacia, en el más longevo de una Europa que cambia los rostros de sus dirigentes mucho más que esta España nuestra, donde el inquilino de La Moncloa se aferra a la alfombra roja, indiferente ante el hecho de que ocho años en el poder suele considerarse (en otras latitudes) el tiempo tasado para ceder el paso a otra opción política. O a otro político. Por considerarse que ya ha tenido suficiente desgaste.

Lo que hemos vivido en estos ocho años de sobresaltos, inveracidades, alteraciones en el mundo –guerras incluidas, claro–, estallido de la Inteligencia Artificial, caídas y ascensos de políticos, corruptelas de tono mayor, da no para un comentario como este, sino para una colección de libros. Hemos visto promesas incumplidas, como la de no aliarse con Podemos o traer a España, para encarcelarlo, a Puigdemont; hemos asistido a cambios legislativos forzados y contrarios al Derecho natural para mantener contentos a unos ‘socios’ que eran, en el fondo, como decía Churchill, extraños compañeros de cama; hemos comprobado cómo se devaluaba la Constitución, cómo se hacía añicos el viejo principio de unos mínimos consensos en temas cruciales, cómo el odio cainita se adueñaba de las relaciones, hoy inexistentes, entre Gobierno y oposición.

Claro que no todo ha sido malo en este período. La economía, la macro al menos, resiste bien; las posiciones internacionales ‘antitrumpistas’ de Sánchez le granjean muchas simpatías en el extranjero. Y el país ha funcionado razonablemente, al menos hasta fechas muy recientes, cuando percibimos que los trenes llegan tarde, las luces se apagan sin razón suficiente y los poderes de Montesquieu no están bien engrasados: la Justicia falla, el Parlamento no funciona y el Ejecutivo se ha convertido en un monstruo con centenares de asesores monclovitas que en el fondo sustituyen a la labor de un partido que debería ser quien sustentase al Gobierno. Pero el partido, sí, el PSOE, está exangüe, atrapado por la corrupción de sus ex dirigentes, por la rutinaria escasez de ideas  y por la falta de empatía hacia la sociedad.

Hacer el resumen de estos ocho años en los que cada día ha tenido un titular sensacional (eso no quiere, obviamente, decir que el titular haya sido bueno) es, ya digo, harto complicado. Lo peor de todo es que los ciudadanos nos hemos acostumbrado a normalizar lo que es claramente anormal. Y que nos colapsamos con el señuelo de que en todas partes cuecen habas, y más que en ninguna parte en países que deberían haber sido nuestro modelo de democracia, como los mismísimos Estados Unidos, hoy regidos por un personaje claramente alterado en sus pensamientos y en sus emociones.

Sánchez sigue asentado, dicen las encuestas, para lo que valgan, sobre un suelo de siete millones de votos. No está mal (Trump tuvo setenta y siete millones y ya ven…). Pero el PSOE va perdiendo terreno alcaldía a alcaldía, autonomía tras autonomía, y la debacle del próximo mes de mayo puede ser tan histórica que deje al partido fundado por Pablo Iglesias (Posse) en los niveles en los que hoy se encuentran sus correligionarios franceses, alemanes o italianos. Y eso, para no hablar de lo que pueda ocurrir en las próximas elecciones generales, sean cuando fueren,  allá por el verano de 2027 o, como yo pienso que acabará ocurriendo, antes, porque Sánchez ya no pueda mantener girando tantos platillos chinos.

Hoy es, por tanto, día de reflexión. Hasta los más cercanos (no, no hablo de ciertos ministros vocingleros) le piden a Sánchez que adopte medidas de peso y calado. El presidente hace, dicen, oídos sordos y convierte La Moncloa en su Numancia. El relevo en los mandatos, lo mismo que otras exigencias de higiene democrática, no es asignatura que le interese: sigue prometiendo que no solo agotará esta Legislatura loca, sino que se presentará a la reelección en el segundo o tercer trimestre del año próximo y que la ganará. Nunca alguien estuvo tan afectado por ese síndrome de Hubris que afecta al corazón y a las entendederas de los poderosos.

A veces me pregunto si, en el fondo, el inquilino de La Moncloa, que es el hombre más solitario del país, no siente la tentación de arrojarlo todo por la borda, cayendo en la cuenta de que él también es mortal. Y me respondo a mí mismo que no, que eso sería como traicionarse a sí mismo.

En fin, feliz aniversario, presidente. En lo que quepa. Que me temo que no va a ser mucho.

fjauregui@periodismo2030.com

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