Convocar una huelga general dos semanas antes de que se celebren unas elecciones legislativas era, algunos lo hemos dicho hasta la saciedad, un auténtico disparate, ya se hiciese la huelga contra el Gobierno (que no) o ya contra la oposición, como aseveró la dicharachera María Jesús Montero en uno de sus arranques de entusiasmo. Seguir convocando la huelga general tras el descalabro social que ha supuesto un accidente ferroviario con casi setenta muertos, y en el momento en el que escribo no se ha desconvocado, es algo más que un disparate: puede llegar a ser casi una traición al ciudadano.
Me gustaría que este comentario quedase pronto anticuado porque los sindicatos, por los que siento un respeto crítico, dan marcha atrás y contribuyen a descrispar este país tensionado ante unas elecciones que son mucho más que eso: son un cambio de era, gane quien gane y pierda quien pierda. Son una reflexión acerca de adónde vamos como país.
De las siete huelgas generales convocadas desde los tiempos de Felipe González, ninguna, que yo recuerde, lo fue con tanta cercanía a unas elecciones, lo que contribuye a la positiva memoria de Nicolás Redondo y Marcelino Camacho. Una campaña electoral, y la nuestra comienza oficialmente dos días después del paro general convocado para el 11-m, exige reflexión, tranquilidad para que los ciudadanos puedan meditar muy bien a qué carta apuestan porque es mucho lo que se juegan. Y, hoy por hoy, el panorama, encima tocado por un accidente que ha sumido en el dolor a toda España, no puede estar más crispado: las dos Españas se miran con ojeriza, prometiendo borrar, o poco menos, la una a la otra según quién gane y quién pierda. Una perspectiva muy poco tranquilizadora como Estado.
En estas condiciones no cabe una huelga general, con las indudables tensiones previsibles, por mucho que los sindicatos vayan a tratar de poner sordina a los peores gritos involucionistas y de calmar las aguas de los más indignados, vamos a llamarlos así. No estoy criticando a los sindicatos, a los que repito que respeto pese a sus errores, silencios y complicidades; sí critico una situación de fricción y desasosiego que ha sido inducida por nuestros representantes, y conste que no culpo solo, pero sí principalmente, a quien actualmente gobierna. En este sentido, debo, coyunturalmente, elogiar la elegante actitud de Feijoo negándose, contra lo que está haciendo su futuro ‘socio’ Abascal, a sacar rédito político del accidente de Urda.
Pero la prudencia, que no sé si renta mucho en estos locos tiempos preelectorales, exige ir más allá. Y no es prudente un paro total durante una jornada que será ya tan importante para el Cambio y los cambios como el 11-n. Es, más bien, una temeridad. Y gente con tanta experiencia acumulada como los lideres de UGT y Comisiones Obreras, que regentan unos sindicatos que, pese a todo –pese a todo—han merecido un respeto y forman parte del arquitrabe sustancial de una democracia, tiene que tomar nota. No se me ocurre que pueda mantenerse la huelga en estas condiciones y en estos momentos. Veremos.
Confío, ya digo, en que este texto quede anticuado en el transcurso de las próximas horas. Si no, será una mala señal, otra mala señal.
fjauregui@periodismo2030.com
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