Una especie de terremoto está afectando al Gobierno de España, especialmente tras la dimisión de Oscar Puente, que este miércoles, en brevísima comparecencia, por supuesto sin periodistas, Pedro Sánchez anunció que será ‘interinamente’ sustituido por el vicepresidente Carlos Cuerpo. El Ejecutivo está en almoneda, a la espera de acontecimientos, sumido en la provisionalidad. Y en la crítica, como ahora, tras Puente, le ocurre al titular de Exteriores, José Manuel Albares.
Cuando esto escribo aún no ha comenzado la ceremonia oficial de inauguración , este miércoles por la tarde, de la XXX ‘cumbre’ iberoamericana en Madrid, jalonada por notables ausencias y alguna incluso indeseada presencia, como la del argentino Milei. Pero, aun estando pendiente el propio desarrollo de la ‘cumbre’ en sí, que discurrirá este jueves, podemos ya decir que, como era previsible, el acontecimiento es un fracaso incluso antes de celebrarse. Un fracaso atribuible principalmente al ministro de Exteriores, José Manuel Albares, otro miembro del Gabinete en la cuerda floja tras Oscar Puente.
Puente se tuvo que marchar –yo creo que antes de que le echaran y en el momento más inconveniente, pero en fin…– porque su gestión fue desastrosa. La de Albares, en Exteriores, aunque afortunadamente exenta de víctimas, no está siendo mucho mejor. Su intento ‘estrella’, recuperar la influencia de España como ‘puente’ entre Europa e Iberoamérica, no ha funcionado: la diplomacia española no fue capaz de vaticinar con suficiente antelación la marcha acelerada de una mayoría de países iberoamericanos hacia una ultraderecha ‘trumpista’. Ni ha sido capaz de asegurar la presencia en esta XXX edición en Madrid de los dos personajes clave en la América Latina aún algo progresista: el brasileño Lula y la mexicana Sheinbaum.
Ya digo que escribo minutos antes de la ceremonia inaugural y de la cena en el Palacio de Oriente a jefes de Estado que, en el caso iberoamericano, se encuentran en el área trumpista del Escudo de las Américas, con relevancia especial para un argentino Milei que cada vez que pisa España se deshace en insultos al presidente del Gobierno español. La sombra de Trump, no precisamente amistosa para el Gobierno español, sobrevuela esta ‘cumbre’. Solo la presencia del Rey, una vez más figura imprescindible, salvará la concordia de este acto, inútil y deslucido, que por cierto sufraga en su mayor parte nuestro país.
Que se haya llegado a un consenso sobre una declaración descafeinada en la que se elude entrar a fondo en la problemática de Venezuela y de Cuba, que son los grandes hitos de debate en todas las Américas, no significa ni siquiera que este Foro haya salvado los muebles, como quieren las versiones oficiales. Creo, más bien, que es la constatación del fracaso de la diplomacia española, embarcada en el recuento consular de la ‘ley de nietos’ o en tratar de forzar a la UE para que admita el catalán, el euskera y el gallego entre sus idiomas oficiales. Como si no estuviesen ocurriendo cosas más importantes en el mundo, y a lo ocurrido en las elecciones de ‘midterm’ en los Estados Unidos –otro gran tema de conversación, sin duda, en los pasillos de la ‘cumbre’ iberoamericana, junto a la extraña dimisión de Oscar Puente–—me remito.
Que no digo yo que en el escaso tiempo que, si creemos en las encuestas, le queda en el Consejo de Ministros, Albares vaya a ser sustituido por otro. Claro que no. Ahí sigue, por ejemplo, el ministro del Interior, Grande-Marlaska, pese al inmenso ridículo que hemos hecho con la crisis de Ceuta, ahora casi olvidada poque aquí, en este España, cada día tiene su afán y su noticia sensacional. Pero es obvio que el muy polémico Albares forma parte destecada de un elenco por completo agotado. Ha hecho mal Pedro Sánchez no propiciando hace bastantes meses una crisis de Gobierno, aunque reconozco que su decisión de potenciar a alguien como Carlos Cuerpo parece acertada.
Y creo que de ninguna manera ha hecho bien España convocando esta ‘cumbre’ que era, es, el anuncio de una muerte anunciada: la quimera de la influencia española sobre Iberoamérica, inaugurada con tanto éxito en 1992 por el Gobierno de Felipe González; parece que han pasado siglos desde entonces. Ahora ya nada es lo mismo. Quizá Albares no lo sabe, aunque yo creo que sí. Se trata de lo de siempre, como en los trenes que, recuerda usted, iban a superar a China: de fingir una ‘grandeur’ que ya no existe.Y luego, claro, viene el batacazo. Creo que Carlos Cuerpo, el hombre impasible, también es consciente de ello.
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