Una mala noticia

La decisión del juez del Supremo dejando en prisión al ex vicepresidente Junqueras, al ex conceller Forn y a los presidentes de la Assemblea de Catalunya y de Omnium Cultural, dejando en libertad bajo fianza a los ex consellers menos significativos, puede ser
-habría que estudiar más a fondo el asunto- impecable jurídicamente. Pero es, como dijo el socialista Iceta, una mala noticia cuando se inicia oficialmente una campaña que va a estar, ya está, llena de sobresaltos.
El ‘summa lex, summa iniuria’, la aplicación muy rigurosa de la ley puede provocar males mayores de los que trata de prevenir, se repite de nuevo; judicializar los conflictos políticos, en lugar de limitarlos al ámbito de la política, tiene sus riesgos. Saltarse la ley, desde luego, también los tiene, y no cabe ninguna duda de que la Generalitat y el Govern cesados, en pleno, se la saltaron, y no poco, por cierto. La justicia tenía forzosamente que intervenir. Ahora quedan por ver las consecuencia de la salomónica decisión del magistrado Llaneras.
Desde luego, consta que al Gobierno central tampoco le ha gustado el mantenimiento en la cárcel de los cuatro antes citados, señaladamente el ex vicepresidente Junqueras. Desde Estremera, puede que su campaña sea más eficaz que con mítines libre en las calles. Sin duda, él quiere ser el Nelson Mandela ‘a la catalana’, cosa que probablemente tampoco disgustaría al prófugo Puigdemont, quien, sin embargo, está cayendo en actitudes que rozan a veces lo patético, lo cual sospecho que es algo que gusta poco a los electores, por muy independentistas que sean. En cambio, me parece que Junqueras, que hasta ha designado ya a ‘su’ presidenta de la Generalitat ‘in pectore’, una Marta Rovira claramente inapta para el cargo, mantiene intactos sus activos.
En mi opinión personal, ni al Gobierno ni a la Judicatura -que obviamente va por libre, de lo que me congratulo- les disgustaría mucho ahondar la brecha que ya es patente entre los independentistas: Junqueras por un lado, Puigdemont por otro, y la CUP, a su aire. Claro que tampoco aprecio demasiada unidad en las filas constitucionalistas -o unionistas, como quieren llamarles los de Esquerra–: un desayuno de Inés Arrimadas con Europa Press este lunes en Madrid me dejó serias dudas acerca de cómo se resolvería, si las urnas ayudasen, una pugna entre ella e Iceta por obtener la Presidencia de la Generalitat. La rivalidad, me temo, es patente. Y las consecuencias de lo que salga de las urnas el próximo día 21, por completo imprevisibles, pero la cosa no tiene buen jaez.
Lo que ocurre es que el victimismo que van a multiplicar ahora los independentistas actuará como un acicate para votarles; ahí es nada, para quien se siente independentista, poder votar a un encarcelado ‘por Madrid’ o a un ‘refugiado de los rigores de Madrid’, si es que Puigdemont consigue mantener un tiempo su estatus sin regresar a España, donde habría de ser ingresado de inmediato en prisión.
En resumen: a veces me faltan palabras para definir lo que van a ser las dos semanas y pico que nos quedan para llegar a esas elecciones autonómicas catalanas, que son mucho más que autonómicas y bastante más que unas meras elecciones y que a saber en qué irán a parar. Porque, la verdad, nadie sabe qué ocurrirá después del 21-D, y por mucho que lo pregunto nadie es capaz de darme una respuesta tranquilizadora.

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